Singapur, la ciudad-Estado que convirtió la ambición en prosperidad
Texto y fotos: Juan Girón Roger.
Singapur es el espejo en el que se mira todo el Sudeste Asiático. Esta ciudad-Estado de seis millones de habitantes disfruta de la mayor renta per cápita de Asia, por encima de economías tan avanzadas como Japón, Corea del Sur, Taiwán o China. Su éxito resulta aún más llamativo si se tiene en cuenta que, hace apenas unas décadas, era una colonia británica con escasos recursos naturales.
¿Cómo lo consiguieron? En muy poco tiempo, Singapur pasó de ser un pequeño enclave colonial a convertirse en uno de los principales centros financieros del planeta. Desarrolló uno de los puertos más activos del mundo, consolidó uno de los aeropuertos mejor conectados del globo y levantó sectores tecnológicos, de semiconductores, biomédicos y farmacéuticos de primer nivel. A ello se suman una fuerza laboral altamente cualificada, un entorno regulatorio favorable para los negocios y una ubicación estratégica entre Europa, el sur y el este de Asia. Esa combinación explica buena parte de la fórmula de su éxito.
El propio nombre del país resume parte de su identidad. Singapur procede del sánscrito Singapura, que significa «Ciudad del León». Hoy destaca por su eficiente red de transporte, su limpieza urbana y su papel como plataforma global para el comercio, las finanzas y la logística internacional.
Buena parte de esa prosperidad tiene su origen en el puerto de Singapur. Situado junto al estratégico estrecho de Malaca, conecta Europa, Oriente Medio, India y Asia Oriental. Es uno de los puertos de contenedores más activos del mundo y funciona como un inmenso centro de transbordo desde el que las mercancías se redistribuyen a todos los continentes. El puerto forma además un binomio perfecto con el aeropuerto de Changi, considerado uno de los mejores y mejor conectados del planeta. Juntos han convertido a Singapur en el gran centro logístico del Sudeste Asiático, con una relevancia estratégica comparable a la del Canal de Panamá o el Canal de Suez.
El aeropuerto de Changi es, por sí mismo, una atracción turística. Junto a sus terminales se encuentra Jewel, un enorme complejo comercial y de ocio cuyo principal reclamo es el Jewel Rain Vortex, la cascada interior más alta del mundo. Rodeada por el exuberante jardín tropical Shiseido Forest Valley, miles de árboles y plantas crean una auténtica selva bajo techo. Desde un gran óculo circular en la cubierta de cristal, el agua cae 40 metros hasta los niveles inferiores del edificio. A partir de su inauguración en 2019, esta espectacular obra de ingeniería y arquitectura ha contribuido a convertir al aeropuerto en un destino turístico en sí mismo.
Si Jewel simboliza la innovación de Singapur, Marina Bay Sands representa la imagen del país moderno. Este complejo trasciende su condición de hotel de lujo para convertirse en uno de los iconos arquitectónicos más reconocibles de Asia. Su diseño, inspirado en una baraja de naipes apoyada sobre tres torres, supera en altura a la Torre Eiffel. Concebido como una ciudad dentro de otra ciudad, alberga un centro comercial de lujo, teatro, casino, museo, restaurantes y uno de los mayores centros de convenciones del continente. Al caer la noche, la bahía artificial se transforma en el escenario de un espectáculo de luz y sonido con los rascacielos iluminados como telón de fondo. Pocos edificios han cambiado tanto el perfil urbano de una ciudad.
Sin embargo, más allá de los rascacielos y la innovación tecnológica, Singapur conserva una extraordinaria diversidad cultural. Uno de los mejores ejemplos se encuentra en Koon Seng Road, una de las calles más fotogénicas del país. Allí se alinean las célebres casas peranakan de vivos colores —azules, amarillas, verdes, rosas o lilas— decoradas con azulejos de inspiración europea, contraventanas de madera y motivos mitológicos chinos. Estas viviendas protegidas por las leyes de conservación son el legado de los peranakan, descendientes de comerciantes chinos que se establecieron hace siglos en el Sudeste Asiático y se mezclaron con las poblaciones locales.
Koon Seng Road forma parte del histórico distrito de Katong-Joo Chiat, donde se asentaron numerosas familias peranakan acomodadas durante las décadas de 1920 y 1930. Recorrer la larga Joo Chiat Road supone atravesar múltiples universos culturales en apenas unos kilómetros: tradición china, musulmana y católica; colegios; cafeterías de diseño; murales urbanos; restaurantes tradicionales; tiendas especializadas en mascotas; establecimientos de kueh peranakan —los tradicionales pasteles y postres locales—; comercios halal; centros dedicados al Muay Thai (boxeo tailandés), kickboxing y boxeo, e incluso locales nocturnos con espectáculos de pole dance (baile en barra). Además, algún centro ofrece la práctica del juego de estrategia mahjong, que es mucho más que forma parte de la vida social y cultural del país, especialmente dentro de la comunidad china, mayoritaria en Singapur. Se suele jugar en reuniones familiares, celebraciones como el Año Nuevo chino, clubes comunitarios y centros para mayores.
La diversidad cultural también se refleja en sus grandes celebraciones. Basándose en su papel multicultural, Singapur está impulsando la candidatura del desfile Chingay para ser reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO. Este enorme acontecimiento incorpora elementos de las comunidades china, malaya, india y euroasiática y constituye uno de los mayores desfiles callejeros y de carrozas de toda Asia.
La gastronomía es otro de los pilares de la identidad nacional. Entre los platos más emblemáticos destaca la laksa, una sopa de fideos de arroz servida con caldo de coco, gambas, pastel de pescado, berberechos, pasta de chile (sambal) y hojas aromáticas. Puede consumirse indistintamente en el desayuno, la comida o la cena, y la cadena CNN lo ha incluido entre los platos más destacados del mundo.
Para descubrir la auténtica cocina popular, los singapurenses recomiendan visitar los hawker centres, grandes centros gastronómicos que reúnen decenas de pequeños puestos. Uno de los más apreciados por los vecinos es el Alexandra Village Food Centre, escondido entre talleres y bloques residenciales. Allí pueden encontrarse especialidades como la laksa servida en cazuela de barro, los fideos artesanales elaborados a mano, el pollo en salsa roja de Xiang Jiang —reconocido por la Guía Michelin— o el popular Prawn Mee, unos sabrosos fideos con gambas.
Y, sin embargo, incluso en una ciudad tan avanzada, existen tradiciones inesperadas. Descubrí una de ellas al caer la tarde en los alrededores de Chinatown. Personas mayores instalan altavoces portátiles, micrófonos, proyectores y pantallas en plazas y rincones concurridos para organizar sesiones gratuitas de karaoke callejero. No hay negocio detrás de ello ni entradas que vender. Como me explicó una vecina aficionada a la actividad: «Lo hacen para que la gente se sienta bien. Sólo por eso». Entonces comienzan las colas para interpretar viejos éxitos en mandarín, hokkien o cantonés reproducidos desde YouTube. Presencié estas escenas cerca de Pagoda Street y en la plaza de People's Park Complex. Resulta difícil imaginar un contraste mayor con la imagen de ciudad tecnológica y ultramoderna por la que se conoce Singapur.
Quizá ahí resida precisamente uno de los secretos de su éxito: la capacidad de combinar ambición económica, innovación, multiculturalidad y cohesión social. Singapur no solo ha construido una de las economías más dinámicas del mundo; también ha logrado mantener viva una identidad propia que se expresa en sus barrios históricos, sus festivales, su gastronomía y sus pequeñas tradiciones cotidianas. Es, en definitiva, una referencia imprescindible para entender el rumbo económico, tecnológico y social de Asia.



























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