Ayutthaya: de “Venecia de Oriente,” a evocadora ruina.

Texto y fotos: Juan Girón Roger.
Ayutthaya se visita entre ladrillos calientes, raíces que abrazan estatuas y silencios que parecen más antiguos que la propia piedra. A poco más de una hora de Bangkok, la antigua capital de Siam aparece como una ciudad detenida en el tiempo: un paisaje de templos abiertos al cielo, Budas mutilados y estupas (estructuras religiosas budistas en forma de torre o campana) que aún conservan la elegancia de un reino desaparecido.
El viaje empieza con una paradoja. Ayutthaya significa, según su raíz sánscrita, algo cercano a “la invencible”; sin embargo, lo que hoy encuentra el viajero son las huellas majestuosas de una derrota. Fundada hacia 1350 sobre una isla rodeada por los ríos Chao Phraya, Pa Sak y Lopburi, fue durante más de cuatro siglos el corazón político, religioso y comercial del reino de Siam. Llegó a tener un millón de habitantes y sus templos y palacios la hacían rivalizar con las cortes de Londres o París.
Caminar hoy por sus ruinas nos lleva a imaginarla en movimiento: canales llenos de embarcaciones, mercados con acentos persas, portugueses, chinos o japoneses, procesiones reales, monasterios monumentales y torres relicario elevándose sobre el agua. Antes de que Bangkok concentrara el poder, Ayutthaya fue una de las grandes capitales cosmopolitas de Asia.
De aquella prosperidad nació su apodo más literario: la “Venecia de Oriente”. No es difícil entenderlo al seguir el curso de los ríos o al detenerse ante los restos de palacios y templos que, incluso en ruinas, conservan una escala imponente. Pero el esplendor terminó en 1767, cuando el ejército birmano tomó la ciudad tras un largo asedio, la saqueó y la incendió. La capital invencible cayó, y con ella ardieron bibliotecas, imágenes sagradas y buena parte de la memoria escrita del reino. Birmania llevaba siglos viendo en Siam un rival geopolítico y comercial. Dos siglos antes de la invasión definitiva, el ejército birmano ya había tomado la ciudad, pero en aquella ocasión los siameses lograron independizarse algunos años después. La política de tierra quemada hizo imposible el resurgimiento de Ayutthaya tras la última incursión birmana, por lo que la corte siamesa tuvo que trasladarse a Bangkok.
El resultado de los avatares históricos no es un museo cerrado, sino una ciudad arqueológica que se recorre al aire libre, preferiblemente temprano por la mañana o al final de la tarde, cuando el calor afloja y la luz vuelve dorados los ladrillos. El primer impacto suele llegar en Wat Mahathat, uno de los lugares más fotografiados de Tailandia. Allí, entre muros derruidos y figuras que han sufrido la violencia de la guerra, una cabeza de Buda aparece atrapada entre las raíces de un árbol baniano. No parece una pieza colocada para impresionar al visitante, sino una imagen que la naturaleza hubiera decidido custodiar en silencio durante siglos.
La escena resume como pocas el espíritu de Ayutthaya: belleza y pérdida, devastación y permanencia. Muchas imágenes de Buda fueron decapitadas durante el saqueo birmano; otras sufrieron el expolio posterior de traficantes de arte. Por eso, los Budas sin cabeza que salpican el parque no son solo una rareza visual, sino una cicatriz histórica a plena vista.
A pocos minutos, Wat Phra Si Sanphet cambia el tono del recorrido. Fue el templo real de la antigua capital, y sus tres grandes estupas alineadas dominan el paisaje con una solemnidad casi escenográfica. Bajo el sol, sus formas cónicas parecen marcar el ritmo de una corte desaparecida; al atardecer, cuando las sombras se alargan, adquieren la melancolía de una postal antigua. El itinerario puede continuar hacia Wat Ratchaburana, asociado a tesoros reales; Wat Yai Chai Mongkhon, con sus Budas envueltos en telas amarillas; y Wat Chaiwatthanaram, quizá el gran final visual del día, especialmente junto al río y con la luz baja: un templo con torres en forma de mazorca (prang) de inspiración jemer cuya silueta evoca el esplendor de Angkor y recuerda la intensa influencia cultural que el imperio jemer ejerció sobre el antiguo Siam.
Cerca de las ruinas, el Palacio de Verano de Bang Pa-In -arrasado cuando la invasión de Ayutthaya y reconstruido en el siglo XIX- añade otro matiz al viaje: pabellones, jardines y una mezcla de estilos tailandeses y occidentales que recuerdan que Siam siguió reinventándose.
La antigua capital del reino de Siam no impresiona sólo por lo que ha quedado en pie, sino por lo que sugiere a nuestra imaginación.

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