Un paseo por las calles del pecado de Bangkok
Texto y fotos: Juan Girón Roger.
El área de Sukhumvit (Soi 4: calle secundaria 4), en el centro de Bangkok, aúna dos ambientes muy distintos. Por un lado, la cotidianeidad de la población musulmana de su barrio árabe y, por otro, los bares y neones de la zona de tolerancia ( red light district) más representativa de la capital tailandesa.
Caminando por esa calle, me abordaron varias veces. En dos ocasiones, para ofrecerme infusiones y ungüentos para que me volviera a salir el pelo y para que mi piel recobrase la tersura ded la juventud. Curiosamente, en ambos casos, me instaban a que los acompañase a la tienda Seven Eleven para comprar lo necesario. Las demás veces, para brindarme “servicios exclusivos”: un revolcón con una de damas de la noche de guardia en aquel momento; o un repaso muscular terapéutico, “¿Quieres que te dé un masaje con aceites durante una hora y yo, desnuda?”, preguntaba la espontánea “fisioterapeuta” de vida alegre.
El barrio árabe (Soi 3-5) está repleto de restaurantes libaneses, olor a shawarma y puestos de ropa, locales de shisha (tabaco aromatizado que se fuma en pipa de agua o narguile), perfumes y fruta. No lejos de ese enclave, se encuentra el templo del vicio conocido como Nana Plaza.
Se presenta como “el mayor centro de entretenimiento para adultos del mundo” y cada noche atrae a locales y turistas en busca de lo prohibido. Y es que en Tailandia, la prostitución está oficialmente vetada, aunque, no nos engañemos, existe mucha tolerancia. Nana Plaza es uno de los epicentros del ocio nocturno más intenso. Con una estructura en U, tiene planta baja a la que se accede tras franquear un control de seguridad con vigilantes jurados para encontrarse con infinidad de carteles que advierten de la prohibición de sacar fotos en el recinto so pena de multa, y expulsión del lugar de por vida. En la planta baja se encuentran varios sitios para tomar cerveza y asistir a números de pole dancing ( baile en barra).
Junto a la entrada, en el patio central, destaca un santuario con la imagen dorada de un espíritu protector del lugar. Esta “casa de los espíritus” parece tener muchas devotas entre las chicas que trabajan en el centro de diversión para adultos. Antes de que comiencen los espectáculos, las muchachas salen, en ropa interior, de los establecimientos donde trabajan y, juntando las palmas de las manos, se acercan al santuario para orar y pedir buena suerte.
Otras artistas de Nana Plaza utilizan las redes sociales y se filman con un teléfono móvil, posando en posturas sugerentes. Mientras, y antes de que empiecen a llegar los clientes, algunas profesionales cenan apresuradamente en el pasillo, consumiendo el contenido de una tarrina comprada en una tienda de comida rápida. Junto a una de ellas veo a un chavalín de unos 10 años con una camiseta del Fútbol Club Barcelona. Se me ocurre que el niño quizá tenga que esperar toda la noche a su madre con alguna chica canguro improvisada en el local.
A las dos plantas superiores se accede por unas escaleras bastante sombrías, donde no es raro ver a todas las chicas de alguno de los establecimientos recibiendo a los clientes en formación futbolística.
En la primera planta, llama la atención una peluquería para que las chicas – o los ladyboys (exuberantes chicas transexuales que nacieron varón)- potencien sus encantos. En el recinto encontramos más de 30 go-go bars que ofrecen copas y compañía femenina. Como gancho para el consumo de bebidas y, llegado el caso, de carne, muchachas ligeras de ropa o en traje de Eva evolucionan en sesiones de baile en barra, y también dentro bañeras instaladas sobre plataformas elevadas.
Ahora les voy a hablar de oídas: se representa también un espectáculo bastante sórdido al que se conoce como el ping-pong de Bangkok, un número erótico donde no se utiliza raqueta.
Entre los establecimientos más animados del recinto destacan Angelwitch, Billboard, Rainbow 1-5, y Spanky’s (en este último, las chicas de la puerta tratan de atraer al visitante hasta el interior del bar con la promesa de una inmersión total en el universo de las palmadas en el trasero).
Nana Plaza es la zona de tolerancia más densa de la ciudad. Le siguen Soi Cowboy (Sukhumvit Soi 21/23), una calle de unos 200 metros llena de neones y turistas, y Patpong (en la zona de Silom), el área de bares y ocio nocturno más antigua de la ciudad.
En Sukhumvit la noche se mueve. Abundan los centros de masajes (tanto con final con agujetas como con final feliz), las sastrerías donde hacen trajes a medida por un presupuesto muy ajustado, las tiendas de productos hechos con cannabis ( entre 2022 y 2024, su consumo estuvo despenalizado, pero desde 2025 se castiga con fuertes multas e incluso penas de cárcel), los tenderetes de frutos que al occidental le parecen exóticos ( durián, rambután, yaca, pitaya, lichi) y también de curiosos mariscos de aquellas tierras ( como el cangrejo herradura,un fósil viviente), las camisetas deportivas de marca falsificada y algo que puede dar algún disgusto al visitante confiado: el Viagra local.
Infinidad de puestos callejeros ofrecen productos para incrementar el vigor y la potencia sexual como la “kamagra” ( feliz maridaje entre el Kamasutra y el Viagra), que no han pasado ningún control médico ni sanitario y pueden provocar serios problemas de salud a quienes -en el pecado llevan la penitencia- se aventuren a consumirlos.
Según la prensa local, la venta no regulada de este tipo de productos mueve en Tailandia varios millones de dólares al año, aunque se practiquen frecuentes redadas en las que se incautan drogas como el Viagra falsificado, el analgésico opioide Tramadol, el estimulante Ritalin, diversas especialidades herbales falsas y otros productos médicos. Como ocurre con los ladyboys, en Bangkok algunas cosas no siempre son lo que parecen.









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